Bendita

La historia de los pueblos la escribe su gente. La gente ni vive ni muere, solo flota… en la memoria de los vivos, algunos se hunden y se olvidan.
La fotógrafa Cristina García Rodero publicó hace años un libro de fotografías bajo el título “España Oculta”, donde podemos observar su trabajo de más de treinta años fotografiando las fiestas populares de España. Esas imágenes, dicen algunos, nos lleva a la España más profunda, a la de los sentimientos, solo entendida, por sus protagonistas.

En el sevillano dpueblo de Estepa hay muchas fiestas, pero hay una en el mes de mayo que se celebra en honor a la virgen de los Remedios y que bien podría haber formado parte del trabajo de Cristina. La Octava de los Remedios, como otras fiestas, mezcla pasión, alegría, devoción, música, fervor, rito, sentimientos y recuerdos. Los protagonistas de esta fiesta, mucho más allá de las imágenes, son las personas, las personas que flotan, las que aunque mueran, no se hunden.

¡Bendita, la virgen de los Remedios!, era una oración gritada a la imagen por una mujer “la Marmeta”. Hace ahora cincuenta años que a la fiesta se le añadió un ceremonial que congrega el lunes de octava a fieles y curiosos en la iglesia de los Remedios para subir la imagen de la virgen a su camarín. Hoy es una fiesta que tiene como protagonista a las mujeres de Estepa que compiten por llevar sobre sus hombros las andas que portan a la virgen. Pero no siempre fue así, en sus comienzos, el honor de llevar a la virgen era exclusivo del hombre.

Cuenta la historia popular que un 27 de mayo de 1918, Joaquín Manzano, el padre de Asunción, La Marmeta, murió aplastado por la imagen de la virgen de los Remedios que accidentalmente cayó al suelo durante la procesión. Desde entonces y durante la salida de la procesión de mayo, ella gritaba , casi en trance, Bendita, Madre Mía, a la imagen que sesgó la vida de su padre. La verdad es menos dramática, Joaquín solo sufrió un fuerte golpe en la pierna y murió tiempo después por otras razones, pero sabemos que al pueblo le agrada lo sensacional, de ahí la historia equivocada.

Cada lunes de Octava, en la plaza de los Remedios, el espíritu de “la Marmeta” se evidencia entre la gente congregada allí, en torno a la virgen. La demostración pública del fervor se hace patente en un ceremonial que, entre pasodobles y rezos, arranca el grito y el llanto de lo más hondo de los creyentes.

Si acudes alguna vez, no apartes la mirada de la gente, a veces levitan.

 

El más puro neorrealismo italiano: “Bendita, bendita, bendita…”

A estas imágenes les falta lo que a cualquier fotografía. Pero en este caso, para tener una idea precisa de qué se cuece, sería absolutamente necesario poder oír y poder oler. Una banda de música entona algo parecido a un pasodoble, un soniquete repetitivo que a la manera de mantra enardece a los cientos de fieles devotos que cada vez más alto y en tropel gritan el “bendita, bendita, bendita”, entremezclando el olor del sudor sobre pieles limpias con el de ese otro sudor, el que impregna más la ropa sucia, usada una y otra vez, acre y pegajosa, que los propios cuerpos, que se mete por la nariz y taladra el cerebro poniéndonos casi al borde del vómito; las flores cortadas esa misma mañana en jarrones con agua de ayer, los perfumes, el incienso, el humo de los cirios… Las lágrimas que corren y arrastran rímel y maquillaje hasta dejar las mejillas surcadas por ríos embarrados cuyo cauce es ya el cutis desprovisto de cualquier afeite que disimule las huellas y los estragos que el tiempo provocó día a día. Son asuntos de fe. Cosas de las extrañas relaciones que se crean entre los dioses y sus siervos. Cuestiones que solo entienden ellos. O quizás ni eso.

A.A. Olmedo Fernández.